El nuevo diario de un Sociópata

Tómese una píldora según se actualice para un correcto funcionamiento en la vida diaria. No produce sobredosis. O eso creo.

martes, diciembre 26, 2006

Emilio: Una biografía


Emilio Rodríguez leía muchos libros y no ligaba nada. Como si tuviera algo que ver, achacaba su nulo éxito con el sexo opuesto a la falta de cultura generalizada entre su generación: los jóvenes sólo pensaban en alcohol, sexo, drogas, fiesta en general y él planeaba por encima, creyéndose un semidios entre borregos.
A pesar de las burlas de los típicos chulitos de clase (los cuales necesitaban un grupo de efectivos para humillar a alfeñiques como Emilio), nunca le daba importancia a nada ajeno a los estudios fuera de su casa. De puertas para adentro, era un aficionado al porno. Pasaba horas navegando por webs gratuitas y descargándose videos de apenas un minuto con selectas actrices porno botando sobre su polla. Falsas lolitas destrozadas por vergas de treinta centímetros. Diosas de ébano de grandes pechos naturales sometidas al dominio de un dios blanco.
Se la pelaba como un mono pajillero antes de acostarse, seleccionaba unos cuantos videos y se agitaba el miembro con una mano, con las dos en el mejor de los momentos, hasta que se corría sobre un pañuelo.
Cuando empezó segundo de bachillerato vio a una chica que por fin le excitaba, una jovencita con cara de pornostar y cuerpo frágil de pechos modestos y firmes. Vestía como un putón y actuaba como tal.
Emilio sufrió numerosas erecciones, como no había tenido nunca antes, su polla dura intentó atravesar la bragueta muchas veces y como señal de frustración descargaba parte de la carga sobre su ropa interior. Trató de ocultar que le ponía enfermo de sexo, pero fue imposible y ella se dio cuenta.
Puta.
Desde el momento que advirtió su hambre, ella paseaba su palmito aposta delante de sus ojos, se frotaba "involuntariamente" sobre el pardillo con la seguridad de alguien que da una colleja a un busto sin esperar reprimenda. Aunque el pasilla fuera de dos metros de ancho, su culo prieto y bien formado encontraba el muslo de Emilio. Se besaba con chicos de forma lasciva, y abría los ojos en mitad de ese momento de falsa pasión, buscando la mirada furtiva de Emilio.
El pensó que lo estaba pidiendo.
La chica vino un día colocada a clase, los ojos rojos inyectados en euforia. Al ir al baño, para despejarse un poco de su éxtasis artificial, sus miembros fallaron y cayó al suelo entre espasmos fuertes. Emilio pasaba por allí y la vio y tuvo una idea retorcida que podría llevar a cabo: las clases, a las que llegaba tarde, estaban dándose y nadie pasaría por allí en al menos media hora. Siempre podría haber alguien que tuviera una necesidad inesperada, pero Emilio jamás había corrido un riesgo, y ¿por qué no correrlo ahora?
Con los pantalones en los tobillos, emocionado, agarró el amasijo de carne temblorosa y le separó las piernas. Bajó los calzoncillos y su pija estaba enorme y palpitante, apenas la reconocía de lo grande que estaba, amoratada por la presión de la sangre; la condujo hasta la entrepierna de la chica. Había mirada de terror e indefensión en ella, pero Emilio sólo disfrutaba de ese momento, cerraba los ojos con fuerza deseando que aquello durara siempre.
En la primera metida, casi de forma inmediata, cayó en que iba a perder su virginidad. De ningún modo había imaginado que sería así ni con una tía tan buena, y la emoción subió el erotismo que, en su cabeza, aquel instante tenía. Mil veces mejor que su mano, introducirla en algo tan caliente y húmedo le excitó como el mejor video de su actriz porno favorita, y mucho más. Por fin era un ganador, y arremetió contra la joven dos, cuatro, catorce, veinte veces, hasta que se corrió.
Ella seguía temblando pero era el shock de su mente, incapaz de asimilar algo tan violento. Emilio por su parte se subió los pantalones, la golpeó un par de veces simplemente por el placer de hacerlo y se acostó junto a su víctima, acariciendo sus pómulos ahora sonrosados y deseando sus labios. Esperando un castigo, aunque él pensaba que aquello tenía que ocurrir y ambos se lo merecían.
En la cárcel le rompieron los dientes y le obligaron a chupar con las encías las pollas de veinte reclusos. Salió cuatro años después por buen comportamiento, y murió atropellado por un coche. Conducía la chica a la que violó, eso seguro que lo esperabais.
Lo estabais deseando.

© sobre el texto: Seth Fortuyn
© sobre el dibujo: Seth Fortuyn

domingo, diciembre 10, 2006

Odiando las colas

Nunca me he considerado un hombre bueno.
Cada uno hacemos lo necesario para poder vivir mejor. Yo pasé por delante de varias personas, entre ellas amigos y parejas, para conseguir un buen dinero cada mes y una vida estables; ellos me maldecían y su existencia se tambaleaba por mis actos, pero estoy casi seguro que lograron recuperarse.
Por eso, ya en mi vejez, comprendí que si había algo después de la muerte, para mí no sería precisamente agradable. Digamos que pensaba más en horcas y ollas hirviendo que en liras y bebés voladores; no era algo que me obsesionara, pero me procuraba noches inquietas y sudores fríos, lúgubres pensamientos de violencia constante.
Me morí a los ochenta y dos años, sujetándome el pecho y soltando un grito ahogado mientras esperaba para pagar en la cola del supermercado. Antes de que mis ojos se cerraran, vi a la gente arremolinarse a mi alrededor y aun con los ojos cerrados escuchaba sus llantos y protestas, todas inútiles. Imbéciles, pensé, les odié mientras hacía cola y les seguía odiando a pesar de estar a punto de morir. No llegué vivo a la ambulancia.
Desperté en un inmenso desierto, al final de una larga fila de personas que se perdía en el horizonte. No me explicaba nada, así que resuelto salí de mi puesto en la cola y sentí que no debía hacer eso. Avancé varios kilómetros sin cansarme, no sentía ninguna molestia en el cuerpo, hasta que me harté y pregunté a un hombre con ropa del siglo XVIII o algo así; la cola seguía extendiéndose, perdida en el horizonte.
- Disculpe - dije -, ¿podría decirme para qué es esto? ¿Para juzgarnos?
- No, buen hombre, ya hemos sido juzgados. Estamos esperando para entrar en el infierno.
- Un momento, ¿que hay cola para entrar?
- No dan a basto. Yo de vos volvería a mi puesto. A cada minuto que pasa llegan más personas, y de vez en cuando llegan guardianes para evitar que nadie se cuele.
Increible, ¡tenía que esperar para entrar en el puto infierno!
Caminé de vuelta y diez mil personas ocuparon mi puesto durante mi ausencia; ni aparecían de la nada ni cosas de esas: parpadeabas y ya estaban así, como si llevaran toda una eternidad.
Surgió en mi cabeza una ocurrencia.
Odio las colas. Las odio con todas mis fuerzas. Morí en una cola y en general te pasas media vida haciendo cola, esperando y esperando y esperando. Joder, no quería pasar siglos esperando que, encima, me torturaran.
E hice lo que se tiene que decir para escapar del infierno: me arrodillé, subí la vista y grité:
- ¡Me arrepiento de todos mis pecados! - y lo dije de corazón.
Unos demonios se acercaban corriendo para hacerme jirones por dejar mi puesto, las babas colgando de múltiples y afiladas hileras de colmillos.
Cometieron un error.
Parpadearon, antes de cogerme.
De nuevo, una transición suave, cerré los ojos en el desierto templado y los abrí en una llanura de nubes tal y como uno imagina que es el cielo.
Había cuatro almas en la entrada, apenas tendría que esperar unos minutos, y qué remedio, pasé al cielo.

© sobre el texto: Seth Fortuyn
© sobre el dibujo: mehmeturgut